Cuando hablamos de derechos humanos, no puedo evitar recordar que no nacieron de un día para otro, ni fueron regalados por los poderosos. Fueron luchas, muchas veces con sangre, lágrimas y valentía. La historia esta llena de injusticias, llena de voces que se levantaron y nos recordaron que la dignidad no se mendiga, se defiende.
Como abogado y ciudadano, siento que pertenezco a esa larga cadena de hombres y mujeres que han creído que otro mundo es posible. Desde la Revolución Francesa de 1789, que proclamó los derechos de libertad, igualdad, hasta la Declaración Universal de 1948, firmada tras el horror de la Segunda Guerra Mundial, hay un hilo invisible que une las luchas de la humanidad, el derecho a vivir con dignidad.
En América Latina también tenemos nuestras páginas luminosas y dolorosas. Pienso en las madres y abuelas de la Plaza de Mayo, en Argentina, que con pañuelos blancos en la cabeza se enfrentaron a una dictadura que les arrebató a sus hijos. Pienso en nuestros pueblos indígenas, que han resistido siglos de exclusión y aún hoy exigen el reconocimiento pleno de su cultura y sus derechos. Pienso también en Matilde Hidalgo, la ecuatoriana que, con valentía, se convirtió en la primera mujer en ejercer el derecho al voto en América Latina, recordándonos que la igualdad de género no es concesión, sino conquista.
Todo eso me interpela de manera personal. Entiendo que mi oficio como abogado no es solo aplicar leyes, sino también mantener viva esa memoria histórica de luchas que nos trajeron hasta aquí. Defender los derechos humanos es, para mí, continuar una obra que empezó antes de mí y que seguirá después, la de construir un mundo en el que la justicia no sea privilegio de pocos, sino garantía para todos.
No es fácil, lo sé. Cada día vemos cómo se vulneran, cómo se pretende silenciar a quienes reclaman. Pero mientras existan voces dispuestas a recordar que la dignidad humana es innegociable, habrá esperanza. Y yo, desde mi pequeño espacio, me sumo a esa voz. Porque en definitiva, los derechos humanos no son un ideal lejano, son la brújula que debe guiar mi vida, mi profesión y mi compromiso con los demás.