Cuando ingresé a estudiar Derecho, tenía una meta muy clara. Como muchos estudiantes, soñaba con algún día convertirme en juez. Me imaginaba detrás de un escritorio, con una toga sobre los hombros y la enorme responsabilidad de resolver conflictos conforme a la ley. En ese momento creía que no existía una función más noble dentro del sistema de justicia.
Con los años entendí que el verdadero desafío no consiste en llegar a ser juez, sino en poder ejercer ese cargo con absoluta independencia.
La Constitución reconoce que la Función Judicial debe ser independiente. Así debe ser en cualquier Estado democrático. Sin embargo, la independencia judicial no se agota en un principio escrito en un texto constitucional; se demuestra cuando un juez puede resolver un caso sin temor a presiones políticas, económicas, mediáticas o incluso criminales.
Muchas veces se habla de la independencia judicial como si fuera un privilegio reservado para quienes administran justicia. En realidad, ocurre todo lo contrario. La independencia judicial protege, ante todo, al ciudadano. Cuando una persona acude a un tribunal, no espera un juez que agrade al poder, a las redes sociales o a la opinión pública; espera un juez que aplique la Constitución y la ley, aunque esa decisión resulte incómoda.
Quizá por eso, con el paso del tiempo, dejé de preguntarme si quería ser juez y comencé a hacerme una pregunta mucho más importante: ¿está nuestro sistema preparado para garantizar que un juez pueda decidir únicamente conforme a Derecho?
No tengo una respuesta absoluta. Lo que sí tengo claro es que una democracia nunca será más fuerte que la independencia de sus jueces. Si quienes administran justicia sienten miedo antes de firmar una sentencia, el problema ya no pertenece únicamente a la Función Judicial; nos pertenece a todos.
Todavía admiro profundamente a quienes asumen esa responsabilidad. Porque ser juez no debería significar ocupar un cargo de poder. Debería significar tener el valor de decidir con imparcialidad, incluso cuando hacerlo implique soportar críticas, presiones o incomprensiones.
Quizá ese sea el verdadero sentido de la toga, recordar que la lealtad de un juez no debe estar con un gobierno, un partido político o una mayoría circunstancial, sino exclusivamente con la Constitución, la ley y la justicia. Solo entonces los estudiantes de Derecho volverán a mirar la judicatura con la misma ilusión con la que alguna vez la miramos muchos de nosotros.