De los Sofistas a Orwell: las advertencias olvidadas
Desde la Antigua Grecia, alrededor del siglo V a.C., ya se debatía intensamente sobre la utilidad y los peligros, en iguales proporciones, del uso de la retórica, o el arte de la persuasión a través de la palabra. Así, los primeros sofistas, maestros en la enseñanza del discurso público y la cautivación de audiencias, como Protágoras y Gorgias, entraban en conflicto con los máximos exponentes de los dialécticos, los famosos Sócrates y Platón, quienes defendían el uso de la lógica, ante todo. Se contraponía de esta manera la forma frente al fondo, la ciencia frente al arte, y el conocimiento frente a la técnica. Los sofistas defendían su arte bajo una premisa provocadora: que se puede enseñar a cualquier persona a convencer, incluso a hacer que el argumento más débil parezca el más fuerte; mientras los dialécticos, sus eternos detractores, los acusaban de ser expertos en el arte de la venta de argumentos vacíos a través de técnicas, a su juicio, engañosas, y de manipular la verdad.
Se advertía, desde ese entonces, sobre el riesgo de que la retórica solo generara persuasión sin conocimiento. Siglos más tarde, durante la Edad Moderna, George Orwell volvería a lanzar similares amonestaciones, cuando aseguró que la falta de claridad era el producto de la insinceridad y los problemas inevitablemente aparecerían donde quiera que exista esa brecha entre nuestras reales intenciones y aquellas declaradas. Así criticaba el lenguaje político, diciendo que “está diseñado para que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato parezca respetable, y para dar una apariencia de solidez al viento puro”
Más allá de la paradoja de Orwell –quien después escribiría su famosa obra “La Rebelión en la Granja”, vendiéndola como un cuento cuando pretendía ser una crítica al régimen estalinista, ocultando él mismo sus reales intenciones–, al día de hoy, aquel debate entre el fondo y la forma de los antiguos pensadores, que se veía tan distante y distópico, ha empezado a cobrar vida en nuestras redes sociales y los mensajes de nuestros gobernantes y representantes. En un mundo saturado de información donde la veracidad de los hechos a menudo se eclipsa por las emociones, las creencias y los prejuicios, la retórica ya no busca la verdad, sino la validación. Lo que importa no es lo que es cierto, sino lo que se siente como cierto. Lo que se concibió como un noble arte se ha convertido en una herramienta para validar sesgos y amplificar falsedades, y el miedo de los dialécticos, en democracias frágiles, ya no es solo un debate filosófico: es una amenaza real para nuestra sociedad.
Aristóteles y su intento de regular la retórica
Es común caer en el error de que Aristóteles fue el inventor y el más grande defensor de la retórica, y no hay nada más alejado de la verdad. La realidad es que fue un dialéctico que también pudo ver las amenazas de la retórica que enseñaban los sofistas; y, como el buen académico que era, buscó estudiarla desde la lógica y darle una forma que representara una suerte de control de riesgos. Así, surgieron los conceptos que hoy conocemos como propios de la persuasión: Ethos, o la apelación al carácter o la credibilidad del retor, por qué la persona que comunica es digna de confianza o una autoridad en lo que está hablando; Pathos, que es la apelación a las pasiones o las emociones que mueven a la audiencia; y, Logos, que es el uso de la lógica y la evidencia brindada al momento de plantear de un tema.
Decía Aristóteles que el uso equilibrado de las tres apelaciones y en función del tipo de audiencia es lo que realmente le daba absoluta efectividad a un discurso de cualquier tipo. Pero no se quedó ahí: también cayó en cuenta de que no solo era necesario analizar a la audiencia, sino también al momento oportuno para dar un mensaje, y es así como nace el concepto del Kairós, lo que hoy conocemos como el “timing”.
Así pues, veremos ahora cómo la intención aristotélica de contener los excesos que pueden derivarse de la retórica a través de sus enseñanzas ha resultado, en la era de la postverdad, no solo infructuosa, sino desbordada por completo.
Qué es la “postverdad” y porqué importa
Con este trasfondo, resulta inevitable preguntarnos qué es esto de la “postverdad”. El término post-truth fue elegido por el Oxford Dictionary como palabra del año en 2016 y no es casual: define un tiempo en el que “los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales”. La Real Academia Española va más allá y la describe como la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública”.
La postverdad no es una simple mentira, sino un entorno cultural en el que la verdad objetiva deja de ser el criterio principal para opinar o decidir. No es que la verdad haya desaparecido, sino que se ha vuelto maleable, moldeada por emociones, identidades y narrativas que validan lo que queremos creer. Lo que “siento” o “me convence” termina pesando más que lo que “es”. En esta era se hace más real que nunca eso de “quizás no es verdad, pero es mi verdad”. En esencia, y para conectar con las enseñanzas de Aristóteles, es la coronación del pathos sobre el logos, con consecuencias muy reales para nuestras sociedades.
Ejemplos de esta práctica los encontramos a diario; sin embargo, destacan casos muy sonados como la campaña del “Brexit” que llevó al Reino Unido a abandonar la Unión Europea: una promesa pintada en un autobús rojo aseguraba que 350 millones de libras semanales irían al sistema de salud si se votaba por el “sí”. Era falso, pero apelaba al orgullo nacional y al deseo de proteger un bien común.
Otro ejemplo lo vivimos durante la pandemia: teorías conspirativas afirmaban que las vacunas contenían microchips o que el virus era un invento para controlar a la población. La narrativa que apelaba al miedo y la desconfianza resultó más convincente para muchos que toda la evidencia científica.
Y, más cerca de nosotros, sobran las campañas que construyen enemigos a la medida, simplificando problemas complejos en frases fáciles de repetir: “nos van a quitar lo que es nuestro”, “con ellos todo se pierde”, “solo yo te puedo salvar”. Mensajes diseñados para movilizar emociones más que para informar, que terminan instalándose como verdades en el imaginario colectivo y que debilitan el debate democrático, inclinando la balanza electoral más hacia el “anti” que hacia el “pro”.
Redes sociales: la nueva ágora
La postverdad ha encontrado su hábitat más prolífico ya no en la tribuna ni en la prensa escrita, sino en la viralidad del nuevo ágora digital. Plataformas diseñadas para capturar nuestra atención mediante algoritmos priorizan lo que provoca reacción, no lo que informa. Allí, cada “me gusta” y cada nuevo seguidor actúan como pequeñas dosis de dopamina que refuerzan la necesidad de decir lo que más impacto genera, aunque sea a costa de la verdad. Políticos, influencers y medios compiten por titulares que enciendan emociones inmediatas: indignación, miedo, esperanza instantánea.
La inmediatez manda: el kairós, el momento oportuno del que hablaban los antiguos, se ha convertido en la velocidad del algoritmo. Lo importante no es el argumento, sino ser el primero en decir algo, aunque sea incompleto o falso. La sobredosis informativa hace el resto: tantas noticias, opiniones y contenidos circulan a tal velocidad que el ciudadano promedio ya no tiene tiempo –ni ganas– de profundizar. En este terreno fértil, florecen titulares diseñados para el clic fácil, que rara vez reflejan el contenido real, y las célebres fake news, que moldean percepciones en quienes solo leen el encabezado.
En este ecosistema, incluso los principios que Aristóteles consideraba fundamentales para un discurso efectivo se han distorsionado. El ethos ya no se construye sobre credenciales, experiencia o credibilidad, sino sobre la cercanía con “el que es como yo”. Esto resuena con la percepción de autenticidad que se valora en plataformas como TikTok, donde la retórica es más directa y personal. En cambio, en otras plataformas como X (anteriormente Twitter), se premia la concisión y la audacia, sin importar la veracidad del argumento, siempre que genere ruido suficiente para alimentar al algoritmo.
Por su parte, el logos, reducido a argumentos y datos sólidos, cede ante la tiranía del clic y del número de seguidores: lo que importa no es qué tan cierto sea lo que digo, sino cuántas veces se comparte. Y esa cantidad de seguidores, que debería ser un indicador superficial, se transforma en un espejismo que alimenta egos y distorsiona la realidad: nos hace creer que ser popular equivale a ser relevante, y que tener audiencia equivale a ser buen ciudadano.
En definitiva, es el pathos —la apelación a la emoción— el que reina: lo que sentimos importa más que lo que es. Y en este reino de la emoción desbordada, la democracia pierde su terreno más valioso: el del debate informado.
Lo que antes era el arte de persuadir con razones, hoy se ha convertido en el negocio de impactar con estímulos. La retórica ya no busca convencer, sino conquistar segundos de atención. Y cuando la información se degrada a espectáculo, la democracia se debilita, porque deja de ser un espacio de ciudadanos informados para convertirse en un escenario de audiencias manipuladas.
La delgada línea entre la persuasión y la manipulación: recuperar la palabra para salvar la democracia
Los antiguos ya lo advirtieron: una retórica sin verdad puede ser peligrosa. Orwell temía un lenguaje que pudiera maquillar la mentira. Hoy, en plena era de la postverdad, esas advertencias se cumplen con precisión inquietante.
Hemos cruzado la delgada línea que separa la persuasión de la manipulación. Persuadir es proponer razones y emociones para que el otro decida libremente entre opciones; manipular es ocultar, distorsionar y explotar emociones para que no tenga opción y reaccione sin pensar. La primera construye ciudadanía; la segunda la erosiona. En nuestras redes, medios y discursos políticos, la manipulación se disfraza de persuasión legítima: titulares diseñados para la viralidad, líderes que apelan solo a miedos e identidades, mensajes que parecen informativos, pero solo buscan adhesión acrítica.
Pero no debemos olvidar que la retórica también tiene un enorme potencial. Es una herramienta poderosa para persuadir y movilizar, construir identidad colectiva, inspirar cambios sociales y promover reformas necesarias. Desde los sofistas hasta los influencers, ha sido una fuerza que ha transformado la sociedad. Conocer su historia nos ayuda a reconocer su impacto… y a usarla con responsabilidad.
Frente a este panorama, resignarse no es opción. Recuperar la persuasión ética —esa que respeta la autonomía del otro y busca el bien común— es recuperar la democracia. Implica informarnos, cuestionar, contrastar, no quedarnos con el titular fácil. Implica exigir transparencia a quienes hablan en nuestro nombre y asumir, como ciudadanos, que cada palabra que compartimos es también un acto político.
La retórica seguirá siendo poderosa. La pregunta es si permitiremos que sea un instrumento de manipulación o si haremos de ella, como querían los antiguos, un puente hacia la verdad. La respuesta, en una era donde todo parece líquido y maleable, sigue estando en nuestras manos: resistir con pensamiento crítico, defender el debate informado y no renunciar jamás al derecho a decidir con libertad.